El cuerpo también habla: emociones, cuerpo y sistema nervioso
A veces creemos que trabajar en nosotros mismos significa entender lo que nos pasa.
Pensamos: “Ya sé por qué reacciono así”, “ya entendí que esto viene de mi infancia”, “sé que debería poner límites”.
Y, sin embargo, seguimos reaccionando de la misma manera.
¿Por qué?
Porque no todo lo que vivimos se queda en la mente. Las experiencias también quedan registradas en el cuerpo y en nuestro sistema nervioso.
Cuando atravesamos situaciones de miedo, rechazo, abandono, exigencia, pérdida o dolor, podemos aprender a contener emociones para poder seguir adelante. En ese momento quizá fue necesario hacerlo, pero con el tiempo esa forma de protegernos puede convertirse en tensión, ansiedad, irritabilidad, bloqueo o dificultad para conectar con lo que necesitamos.
Por eso, en mi trabajo terapéutico considero fundamental integrar cuerpo, mente y emociones.
¿Qué significa liberar emociones reprimidas?
No significa simplemente llorar o desahogarnos.
Significa poder reconocer emociones que quizá durante mucho tiempo aprendimos a evitar, controlar o desconectar, y permitir que puedan ser experimentadas de una manera segura y consciente.
Por ejemplo, una persona puede decir:
“No entiendo por qué me pongo tan nerviosa cuando alguien se enoja conmigo. Sé que no estoy haciendo nada malo.”
Al explorar lo que ocurre en su cuerpo, puede notar que contiene la respiración, aprieta la mandíbula, contrae el abdomen o siente un impulso inmediato de complacer al otro.
Ahí hay información.
El cuerpo está mostrando algo que quizá la mente todavía no puede explicar completamente.
Regular el sistema nervioso también es parte del trabajo personal
La regulación no consiste en estar tranquilos todo el tiempo ni en evitar las emociones desagradables.
Consiste en desarrollar mayor capacidad para reconocer lo que sentimos, permanecer presentes y responder de una manera más consciente, en lugar de actuar automáticamente desde nuestras heridas o mecanismos de protección.
Esto puede ayudarnos a:
- reconocer nuestras necesidades;
- poner límites con mayor claridad;
- tolerar mejor emociones difíciles;
- disminuir respuestas automáticas;
- sentir mayor conexión con nuestro cuerpo;
- construir relaciones más conscientes;
- recuperar una sensación de seguridad interna.
El trabajo terapéutico no busca que dejemos de sentir.
Busca que podamos sentir sin quedar atrapados en lo que sentimos.
Cuando comenzamos a escuchar el cuerpo, regular nuestro sistema nervioso y comprender nuestra historia emocional, podemos empezar a relacionarnos con nosotros mismos de una manera diferente.
Y desde ahí también pueden cambiar nuestros vínculos, nuestras decisiones y la manera en que habitamos nuestra vida.